Jeroglífico

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De oficio para identificación de un escritor. Mejor que un diploma. Más diciente que una portada en la revista Arcadia. Icono puro. De un médico un estetoscopio, de un masón un compás y de un erudito en Alejo Carpentier tú. No un lujo cualquiera. Ya hoy en día tú un objeto extraño. No un cigarrillo con filtro, no  un cigarro habanero cohíba de alto precio. Más aun. Con ambiciones. Para alguien así, con ínfulas de Leon de Greiff, con complejo de poeta por lo menos. No por azar en el bolsillo derecho del abrigo de paño junto a las llaves de la casa pero hoy, por  descuido excepcional, fuera del estuche de cuero regalo en enero del dia del cumpleaños. Bamboleo de un lado al otro por la calle entre la tela y la pierna rumbo al café, raspaduras ocasionales contra el  material metálico. Para el escritor. Para sus manos. Para varios intentos con el encendedor amarillo, con el tabaco inglés, con la cucharita especial de la tienda de exclusividades para caballeros. Unas manos  en la madera cóncava de guayacán. Textura de semilla rugosa.  Cuenco tu para el Fuego del tabaco y los ardides del fuego tímido, luego envalentonado, finalmente ardoroso en la boca seca tras el sabor del café en Juan Valdés con los amigos y las citas de libros famosos. Como chimenea. Como fuente de humo portable pero aun sin capa sobre capa de hollín para mejor sabor como con vino añejo. Muy nuevo. Demasiado nuevo. Olor a vitrinas y perfume francés todavía, como si tú en el almacén y no ya de nuevo tras bambalinas sin contertulios que lo aplaudan a él, sino listo para otra ocasión más adelante tal vez cuando él enfrente al auditorio y al aire libre sea oportunidad de nuevo ante los críticos y la foto para mayor pompa. El estuche en casa, no contigo. Tú expuesto al bolsillo ahora izquierdo, ya no el llavero viejo como compañero. El estuche en las manos de ella, la amante. La de los pensamientos suicidas. La de los celos delirantes y el pavor a que otras manos de mujer en vez de las suyas en el bolsillo por azar contigo. No, que no, que nunca, que esa funda sea siempre símbolo de intimidad completa y fidelidad eterna recuerdo para él del natalicio romántico, el beso, la caminata por callecitas coloniales en silencio pleno. Que siempre el estuche regalo de la amante y hasta el día de la muerte, él, tu abrigo. No un bolsillo ordinario tu amigo. No tu una propiedad de un poeta cualquiera mujeriego alcohólico presumido. Que siempre especiales los objetos, las personas alrededor tuyo, orgulloso el amado de tu misterio, protectora la funda regalada por la amada, sobre de piel curtida de animal prohibido en vías de extinción pero alta demanda y poca oferta. Que de ese año en adelante su objeto predilecto en la colección, más mimado aun que los similares del padre, el abuelo : ya simplemente ellos recuerdos de otro siglo, ellos no comparables, de ningún modo, contigo, tú el recipiente -no de futuras cenizas sino del futuro promisorio-, premio nobel, ojalá postales por el mundo entero contigo en primera plana para -tras la muerte de tu amo- oferta especial en subasta pública, el bastón de Borges, las gafas de Lenon, el bigote de Chaplin y tú, la pipa de Forero.

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