doctoritis crónica y certificacionitis aguda, una epidemia global

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Hace un par de años un monje tibetano que vino a Colombia y acudió a las oficinas de un periódico para responder una entrevista, se topó con un problema: no había traído su certificado de ser él mismo. Creyó  que le hacían una broma cuando el traductor le dijo que el personal de seguridad del prestigioso diario necesitaba comprobar que él fuera él mismo. -¿No me está viendo?, ¿no puede palparme?- habrá pensado mi parsimonioso amigo budista, acostumbrado a que lo reconocieran simplemente por su hábito anaranjado . Pero no le permitieron ingresar a la sala de prensa sino hasta que pasó una hora interminable de verificaciones telefónicas. Luego yo tuve que explicarle que en este país hasta los pensionados deben sacar sus registros de supervivencia para que los cajeros los reconozcan cuando van en persona a cobrar sus mensualidades, porque las entidades bancarias no les creen que están vivos si los ven de pié respirando, sino si algún funcionario competente  ha confirmado que no están muertos. Mi amigo monje no lo podía creer. Concluyó que en este país existir no era un hecho evidente de por sí, sino algo que un otro debía chuliar.

Quizás la primera vez que para ser alguien se tuvo que mostrar un documento, porque podía estar mintiendo sobre su identidad, fue cuando surgieron los títulos nobiliarios. Tener palabra  bastaba cuando había menos gente y la mentira no pululaba. Dicen también que la epidemia comenzó cuando se le exigieron ciertos documentos sellados a los capitanes de los barcos al llegar a puerto, y que por eso se pasó de la licencia para capitanear al permiso para conducir automóvil, que es el documento de identidad gringo.  Lo cierto es que desde esos días se inventó una desgracia que hoy nos amenaza con chips subcutáneos: primero se pondrán de moda entre los perros y luego entre los humanos. Pronto pasaremos  por las cajas de almacenes de cadena con el sello de la bestia en el dorso de la mano para no tener que sacar del bolsillo una tarjeta débito. Estoy en una base de datos, luego existo. Y la cosa comenzó con un inofensivo papelito.

Los papeles reemplazaron las cosas, lo escrito suplantó a lo hablado. El papel moneda alivió las cargas del peso del oro. Hasta ahí no se veía el doble filo del invento. El puritanismo bíblico ayudó  a que la adoración ciega por lo que está escrito se expandiera por tierras norteamericanas. Pronto tu vida dependió de un documento. Si eras  un conde y el rey de Francia te daba una renta a cambio de que toda tu familia le echara cepillo,  todo dependía de que te sellaran tu título nobiliario. Para obtener favores, cargos, y empleos obtenías recomendaciones  escritas sobre tus habilidades. Nada grave. Y si de ser abogado o médico se trataba, comprensiblemente deberían darte un visto bueno tus pares. La universidad, sin embargo, era un sitio para tertuliar y apasionarse por saber. No era todavía una industria de expedición de permisos para ingresar al mercado laboral. Y el objetivo del estudiante -aunque nos parezca increíble- era aprender. No era sacar el título para llenar de orgullo a los papás y cumplir con los requisitos de la oficina de personal en la empresa.

Las cosas eran más informales hace algunos siglos: muchos hijos recibían enseñanzas de sus padres para ejercer ciertos oficios, incluyendo los secretos artesanales. La cosa , naturalmente, se sofisticó: cualquier ejercicio profesional que pusiera en riesgo la vida de los demás, obviamente debería haber sido evaluado y aprobado por el gremio, por motivos éticos. Se entiende que un ingeniero de puentes y edificios, un médico, un odontólogo no pueden jugar  a ser teguas. Y todavía se podía ser político, artista, pastor, deportista y muchas otras cosas sin obtener  titulitos. Pero luego vino la degradación de lo que en un principio tuvo algún sentido: la certificacionitis del siglo XXI.

En días recientes el ministerio de cultura de Colombia lanzó su convocatoria para el año 2014, que dejó demostrado, como nunca antes, lo que  significa ser un burócrata: para concursar en casi todas las modalidades, ahora hay que tener un visto bueno, formal o semi-formal: algún tipo de certificado. Solamente se publicarán novelas editadas por editoriales reconocidas, únicamente podrán concursar en poesía quienes pertenezcan a agremiaciones certificadas de poetas, y se necesitarán títulos académicos para otras tantas actividades culturales (que según la constitución deben ser promovidas y de las que deben ser beneficiarios TODOS  los colombianos). Pero la cosa no para allí.

Ahora en Colombia para ayudarle a alguien a salir de la adicción habrá que contar con la firma de un psiquiatra, porque los legisladores, que nada saben de procesos sicosociales, han decidido darle más valor profesional al que prescribe drogas y fomenta así el negocio farmacológico. Cuando se cree en una autoridad, se solicita su autógrafo. Y los políticos escogidos por sus habilidades proselitistas -no por su experticia universitaria- deciden quién sabe y quien no sabe de adicciones, con el criterio pesos. Las credenciales las pierden los sicólogos, porque no mueven el mercado.

Hay que tener títulos para pensar, porque  la certificación de las universidades colombianas (por  parte de  universidades anglosajonas y norteamericanas) ha producido una estampida de caballos de carreras que compiten por terminar doctorados para no ser expulsados de las academias. Nadie quiere quedarse atrás de la universidad de los Andes, porque ellos ya lograron la palmadita en el hombro de sus idolatradas afines en Boston o en Cambridge. Los profesores piensan menos en el aprendizaje de sus alumnos que en demostrar a sus decanos que hacen lo que hacen de acuerdo con las normas de certificación internacional. Le dedican más tiempo al llenado de fichas burocráticas sobre los procesos pedagógicos que ejecutan, que a preparar clases. Y va a pasar lo mismo hasta en el cuerpo: las piernas no podrán correr si un título de gimnasta no las soporta, las manos no podrán pintar un cuadro si un crítico de arte no  ha hecho la curaduría respectiva. Habrá que hacer cursos para obtener licencia para tener hijos, para poder dar besos en las esquinas, para poder contar chistes. Todo con tal que algún ente fiscalizador pueda evaluar, controlar, diagnosticar, excluir del sistema a quien no se comporta como se ha previsto. La imagen de lo que eres es más importante que lo que eres. La ontología convertida en imagen pública. Eres lo que tu asesor de imagen te haga ser y ya no importa que seas algo por ti mismo.

El ser de una persona ha quedado confiscado por la opinión que otros  más autorizados y con más poder tengan de ella. El  que tiene la habilidad para hacerse validar por otros, es decir, el que está en la rosca, queda adentro. Por fuera quedan los que se preocupan principalmente de lo que son. No me imagino a autodidactas como Gabriel García Marquez presentando certificados de estudios para  poder presentar una novela a un concurso. Ni a Abelardo Forero Benavides o a Alberto Lleras Camargo presentando credenciales para poder dar opiniones sobre la historia de Colombia, ni a Atahualpa Yupanqui o a Pablo Picasso certificándose para poder cantar o para poder comprar oleos en una tienda de arte. Pero para allá vamos. Ha llegado la hora del analfabetismo doctoral. Si dices algo inteligente, si propones algo sabio, si expresas algo bellamente; no tiene valor si no eres alguien. Y la  única forma de ser alguien es que hayas llegado allí por un proceso formal, respectivamente protocolizado por el sistema educativo, y al servicio de la maquinaria político-cultural de consumo.

La moralina gringa de ofrecer al consumidor un producto que no le haga daño a los círculos  de poder, está en auge. La lógica de mostrar los ingredientes en la etiqueta de cada producto se convierte en la de anteponer los postgrados a las personas. Es una nueva modalidad de las fiestas de máscaras. Nadie sabe quién eres, pero lo que importa es lo que digan que eres. Y las universidades y las instituciones que monopolizan lo bueno, lo bello y lo verdadero, hacen su agosto en una subasta de planes de estudio.

Junto a la privatización de semillas lo más vergonzoso que ha producido la globalización ha sido la industrialización  del desarrollo personal y espiritual. Te miran mal si enseñas gimnasia yoga sin hacer un profesorado con la marca en inglés de alguna franquicia norteamericana. Certificaciones, coachings, apariencias de credibilidad con marca gringa, negocios de esperanza con protocolos estandarizados de mejoramiento empresarial, comienzan a  provocar alergias a los que todavía pensamos que ser es más importante que aparentar. ¿Sirven? Si, de algo sirven. Pero también proceden del molde consumista, venden la idea de que el sistema social está bien, te echan la  culpa de tus problemas -no porque no seas responsable de ellos- sino porque les  conviene lavarse las manos con argumentos "new age". No ataco ni defiendo lo new age, de hecho soy bastante new age. Pero conozco el peligro. La onda californiana surgió en USA, es un mercado como los otros.

Habrá que buscar alguna manera de indignarnos ¿no? ¿Una quema simbólica de diplomas? Alguna vez se me ocurrió promover un ritual que se llame“108 postraciones ante el sistema financiero”. Un día de estos les explico a mis lectores en qué consistiría. Hagamos, por lo pronto, un listado de cosas que no deberían jamás certificarse, o que deberían a volver a considerarse desde otros mecanismos: la confianza en el otro, la evaluación intuitiva, la recomendación personal, el simple principio de creer y de confiar mediante la experiencia directa.

 

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