Si leyeras esto en este blog literario

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Si leyeras esto en este blog literario

Si leyeras esto en este blog literario y yo te dijera que cuando hayas terminado de leerlo el mundo como  lo conoces habrá terminado, no lo creerías. Es una simple entrada más,  de eso no hay duda. Tampoco hay error en pensar que alguien lo ha escrito para captar tu atención por un momento. Es comprensible, hay tanta basura en internet y todo el mundo quiere un poquito de atención. En Facebook este quiere que vean su “selfie” y este otro puede sentirse mal si no obtiene por lo menos veinte “me gusta” cuando coloca la foto de su mascota. Piensas, quizás, que con seguridad  el que escribe esta nota quiere un poco de lo mismo. Pero tal vez no sea cierto. A veces uno está a la orilla del mar y una botella flotante llega con un manuscrito en ella, que uno por casualidad recoge. Lee uno lo que dice el pergamino perfectamente bien conservado, y se trata de una revelación sin parangones. Uno no se lo explica, porque le han enseñado que las coincidencias no existen, que todo es azar, que hasta la vida misma resultó del capricho de las moléculas orgánicas en algún lodazal caliente hace millones de años. Pero allí está, la botella es real, el texto es legible, y sin duda contiene el mapa de un tesoro, o los datos para conseguir algún libro que se no se quemó de la biblioteca de Alejandría escrito por el mismo Jesucristo, que se yo. Yo soy solo el autor de esta nota en “calladas arenas del alba” y tú solo eres la única persona de la que puedo decir que en este momento me está leyendo. Como no hay nadie más, te voy a decir a ti – no por casualidad, sino por destino- por qué, cuando  termines de leer esta nota, se terminará el mundo. No es lo que crees.

No te imagines películas de Hollywood con terremotos y héroes poniendo a salvo a sus hijos de la estatua de la libertad que se despedaza herida por un rayo laser procedente de naves extraterrestres. Ni pienses que se trata de propaganda religiosa. No soy adventista, ni profeciamayólogo, ni te lo digo con biblia en mano que te arrepientas, oh tu, oh si, oh para siempre, versículo cuarenta del dos al cuatro. Ni te voy a pedir que hagas cuarenta copias y se las mandes a tus amigos so pena de que se queme tu casa como le ocurrió al señor Gonzales que no hizo caso, pensó que era una broma, y cuando volvió a la cocina a prepararse el almuerzo le explotó el tanque de gas ipso facto sin remedio y de manera calamitosa. No. Si me tienes paciencia, te explico.

Te explico: de hecho no pasará nada cuando termines de leerme. O, más bien, pensarás que no ha pasado nada. Pasarás a otra tarea en tu computador, frente a tu pantalla responderás un correo o quizás pensarás que ya es hora de apagar el sistema y hacer algo de mayor provecho. Que no vale la pena leer este párrafo hasta el final. Hay muchas cosas de beneficio infinitamente preferible a leer bobadas, mamaderas de gallo de escritorzuelos sin oficio que de lo puro vagos que se han vuelto no hacen más que ejercicios para escribir textos en los que el lector, o sea tu, se convierte en un tipejo marioneta de un narrador que no se atreve a confesar que no tiene nada importante que decirle pero que cumple con la tarea de mantener como narrador una relación ambigua con el narratario, como dicen los expertos. Y no vuelvas a leer la frase anterior para comprenderla porque no tiene sentido, no pierdas tu tiempo armando una sintaxis que no existe. Mejor acompáñame al siguiente párrafo.

Siguiente párrafo: aquí estamos los dos. Tu, esperando que te explique en que sentido se acabará el mundo. Yo, desde el misterio ignoto sin tiempo ni espacio -desde el que se escriben las palabras que los lectores olfatean buscando el rastro del final del texto como perros de caza-; yo, repito, aquí, después de esta coma, escribiendo que pongo un punto para terminar esta frase y lo pongo. Punto. Intentando yo ponerle un buen final a este texto. Algo que te sorprenda, que no estés esperando, que justifique que no me odies ni termines pensando que invertiste mal tú tiempo leyendo hasta el final. Yo te voy a cumplir, no te preocupes. Te voy a predecir cómo será que te darás cuenta que el mundo se ha terminado. Te decía que cualquiera  que sea tu decisión una vez hayas logrado leerme, no te darás cuenta de que se liquidó el mundo. Pensarás que, como es obvio, la terminación de la lectura de estas babosadas no ha afectado la existencia tuya, no ha hecho que murieran los seres que amas, ni que se hayan evaporado las ciudades, ni que te sea imposible ver, oír, olfatear, hacer el amor. Pensarás que sigues vivo, que nada ha cambiado, que nada más te divertiste un tanto siguiéndole la cuerda al escrito de un loco. O ni siquiera eso. Simplemente pretenderás que te has olvidado del augurio, que eres un ser racional, que sabes perfectamente cómo diferenciar lo real de lo irreal. Y que por eso mismo puedes saber si el mundo sigue allí o no sigue allí porque ha desaparecido.

Pero yo te pregunto ¿cómo puedes saberlo? Si cuando estás sufriendo una pesadilla sufres precisamente por eso, porque no sabes distinguir una pesadilla de tu vida verdadera ¿Cómo puedes, con cual autoridad, con qué derecho afirmar que ese mundo que te seguirá rodeando cuando finalices de leer la palabra “causado” es el mismo mundo que te rodea ahora, antes de terminar? ¿Cómo harás para asegurarte de que lo que pasó no fue simplemente que cambiaste el canal de la televisión y cuando viste la imagen siguiente fue tan rápido, sintonizó tan bien, que te pareció que seguías en el mismo canal? Yo te digo que no, que es otro mundo. Que el anterior murió y ya no podrás conocer su desenlace. En el otro quizás morirás de cáncer, en este de un accidente de tráfico. En el otro tu tía o tu sobrino o tu madre o alguien visitará París y te traerá una torre Eiffel de marfil como recuerdo. En este no. Y en el otro no leías este texto hasta el final. Te desesperabas. Pensabas que había algo más importante. Pero era porque no sabías que cualquier mínimo detalle lo cambia todo, modifica el resto de manera irremediable. Por ejemplo, leer esto toma unos minutos. Esos minutos hacen la diferencia. El ascensor en el que te ibas a subir en realidad está dañado y solo queda un hueco porque los técnicos lo están arreglando pero olvidaron colocar un anuncio de advertencia y unos conocidos tuyos entraron sin percatarse y murieron aplastados por un abrupto acto de paracaidismo de cuarenta pisos. O la Motocicleta que te iba a matar ya pasó hace rato y no saliste a tiempo para la cita con el diablo. O te mantuviste lo suficiente cerca del teléfono fijo como para que pudiera entrar esa llamada equivocada de esa mujer que terminará siendo tu compañera de por vida. Algo pasará. Y no es del mundo antiguo, sino del nuevo que se tea abrió gracias a mí, tu escritor, tu narrador, que te mantuvo alerta para salvarte de algo, o para condenarte a algo –nunca se sabe, nunca se podrá comprobar, nunca me podrán acusar de haberlo causado.

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