Utopía de una estética menos cansada

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Yo Me pregunto si la realidad me escandaliza tanto como al autor de “El Aleph”. Al Borges  personaje lo evidente le salta de pronto del sombrero como un conejo, revelándose aterrador. Entonces lo obsesiona una moneda cualquiera, que alguna metafísica ha convertido en extraordinaria. Descubre una enciclopedia de un mundo más real que este por haber sido el producto minucioso de la imaginación humana, o un libro aparentemente finito que una vez investigado es un anatema, o una pintura traída de un futuro utópico de la que puede predicarse que en sentido estricto no existe. Cada una de estas ideas no tiene un origen sicológico diferente, aunque su autor así lo afirme. La pregunta “¿Será posible algo absolutamente inolvidable?” no nace de una fuente diferente de la que obliga a imaginar objetos imposibles que convierten la vida cotidiana y sus lógicas en pesadillas constantes. 

Una permanente duda acerca de la realidad caracterizan tanto al Borges cuentista y poeta como al Borges metafísico. Pero la inquisición tiene más de fascinación que de confianza en que pueda existir una respuesta, y un bemol de horror acecha siempre al presentimiento de que no solamente todo el universo inobjetable es sin embargo ficticio, sino que su observador es otro de sus propios y desesperados inventos. El sinsentido cósmico acecha, como la peor amenaza, al creador; y este tiene que luchar contra la amenaza inevitable de la muerte que confirmará —aunque este ya no pueda darse cuenta—, que, salvo la mentira de la cultura, todo fue en vano. La obra oficiosa de Tomás de Aquino, los relatos de Scheherezada en el desierto, las sagas de los celtas, la invención del ajedrez, las antiguas y modernas cosmologías: todo fue no solamente vano sino admirable y puede catalogarse en una sola especie de producto, el  único del que el ser humano es capaz: la literatura de ficción. De esta creencia única surge el universo Borgiano. ¿Pero cual es la mía?

Borges se mantiene trágico: la pelea de la ficción contra el absurdo es bella, porque está irremediablemente perdida. El creador es por eso un héroe que asume su finitud con el único recurso que posee y que sin embargo va a derrotarlo: la capacidad de mentirle a los demás y mentirse  a si mismo mientras el tiempo se lo permita. Yo no me aferro a ninguna de mis mentiras, y en eso no soy menos occidental que Hume ni menos idealista que el inventor de “Las Ruinas Circulares”. Soy antireligioso si por eso se entiende antidogmático. Pero Borges resbala del idealismo psicológico que aprendió como autodidacta, al agnosticismo que confiesa haber heredado de su padre.  No hay otra forma de mantenerse receptivo a lo maravilloso que considerarse ignorante. Pero yo me empeño en que la historia tenga algún sentido y no en el aspecto terrible y poético del enigma que cada cosa evoca, sino en el brillo que la opacidad del mundo revela al que se arriesgue a parecer, como yo, menos escéptico, es decir, para el afrancesado, menos inteligente. Por aferrarse a lo griego occidente venera más a Descartes que a Bergson o a Buda. O a Whitman.

Francia e Inglaterra siguen gobernando a sus colonos en pleno siglo XXI. El nihilismo de consumo y el pragmatismo son hermanos entre sí, y la estética del sinsentido terminó por ser el credo del artista. Borges no lo habría querido: aunque horrorizado por lo fascinante, sostuvo una alegría trágica que alimentó su poesía. Había una metafísica en su obra, si se entiende por ello un sarcasmo socarrón hacia lo contemporáneo y su veneración del progreso. ¿Puede decirse algo así de las elegías sadomasoquistas de Grey, del alter ego del “poeta contemporáneo” en personajes tanto más admirables cuanto decadentes? Mucho menos derrotados que el artista sin nombre de ”Utopía de un hombre cansado” quiero que luzcan los personajes de mis novelas. Ellos sabrán construir esperanzas sin aferrarse a las mentiras de la ficción, revelaré sus abismos pero no me regodearé con ellos. Les permitiré que rasguñen —aunque Borges no lo creyera posible—, el mágico y verdadero propósito del mundo.


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